lunes, 11 de septiembre de 2017

De cabeza: una tarde en el museo (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


Una tarde en el museo


Como el fútbol de hoy en día se parece más a un centro comercial que a un museo, resulta más fácil volver para casa creyendo que has hecho una buena compra que toparte con una imagen que forme parte de la historia, con un lienzo que recuerde las glorias o miserias de otros tiempos. Cuando Anquela afirma que el tres a cero contra el Reus no refleja la dificultad del partido, nos está dando a entender algo que supuestamente sabemos pero olvidamos con facilidad: no es lo mismo el valor que el precio. Si uno va a un museo como el Prado o el Louvre, calcular el precio de aquello que tienes ante los ojos llega a ser una reducción al absurdo. Lo que transmite un cuadro pintado por Velázquez o Leonardo es la trascendencia del valor, su perspectiva histórica y también, cómo no, su calidad estética.
Como un viajero del siglo XIX sigo acudiendo al campo de fútbol con la nostalgia y el olfato de un anticuario: a la espera de encontrarme con una pieza única o cargada de pasado. El domingo tuve la suerte de ver una jugada más propia de una galería de arte que de la sección de electrónica en unos grandes almacenes: al comienzo de la segunda parte, Pucko, desde su posición natural de extremo recibió un balón en profundidad  que apuró hasta la línea de fondo para, en plena carrera, centrar a la bombilla del área del Reus. El pase del esloveno es una de esas citas que no puedes eludir y allí llegó Toché, puntual y decidido, para empujar el balón al fondo de la red. Fue lo que toda la vida se conoció como la clásica jugada de extremo que centra el área. Ver un gol a consecuencia de tal acción me llevó a pensar en el vértigo que me ha provocado contemplar pinturas como "La academia de Atenas" de Rafael, "Las Meninas" de Velázquez o "La libertad guiando al pueblo" de Delacroix.
Mientras la hinchada celebraba el segundo gol oviedista, sentí por momentos el conocido "síndrome de Stendhal": esa enfermedad psicosomática que causa confusión, temblor o incluso alucinaciones cuando alguien es expuesto a obras de arte especialmente bellas o importantes. La jugada entre Pucko y Toché tiene la belleza de lo antiguo, la excepcionalidad de la lógica en un deporte que cada vez se retuerce más a sí mismo: extremos que juegan a pierna cambiada, trivotes, tácticas con manual de instrucciones... Tantos son los enredos y las luminosas ofertas; los black fridays y los dos por uno, que un bisonte de Altamira o unos nenúfares de Monet en su sencillez y en su pretensión de no separarse del modelo natural me llevan a pensar que el entrenador oviedista prefiere llenar las paredes del juego azul con trazos primarios y esenciales.


                         Fernando Menéndez 


                

domingo, 3 de septiembre de 2017

De cabeza: La alegría del pueblo (originariamente en La Nueva España

DE CABEZA: LA ALEGRÍA DEL PUEBLO


Me gusta esa nueva costumbre que tienen las televisiones de meter las cámaras en los vestuarios de los equipos para que el espectador pueda ver y escuchar la última consigna antes de saltar al campo. El pasado sábado fue muy grato oír a Ramis, entrenador del Almería, cómo emplazaba a sus jugadores a salir y disfrutar. Ese deseo o dulce mandato se comenta que viene de algo similar que Cruyff  dijo a sus pupilos antes de disputar la final de la Copa de Europa contra la Sampdoria. Si algo tenía de inspirador Cruyff era su visión alegre y disfrutona del fútbol, su rebeldía contra el rigor espartano y la lujuria de la responsabilidad.
Ignoro lo que Anquela dijo a sus futbolistas porque las cámaras ya no llegaron a tiempo de captar ese instante. Tal vez cueste ver invitando al placer a un entrenador de naturaleza más agónica y sufriente, pero la alegría no sólo emana de la irresponsabilidad. También por el esfuerzo puede alcanzarse la fiesta. Para Juan Antonio Anquela parece estar hecho aquello de primero la obligación y luego la devoción. Me imagino a los jugadores del Oviedo como cuando de críos volvíamos de la escuela con ganas de posar los libros y distraer la cabeza hasta que nuestras madres nos echaban el alto y nos dejaban muy claro que, antes de salir a jugar a la calle, había que hacer los deberes.
Sea como sea, lo que más agradó del Oviedo contra el Almería fue el entusiasmo y el acierto (a ratos) con que jugó al fútbol. Y lo mismo podría decirse del equipo andaluz. Las ganas de vivir, la vitalidad, siempre son contagiosas. Y eso es lo que los azules transmiten, independientemente de la obviedad de los resultados. Para el oviedista no es poco, acostumbrado como estaba en exceso a buscar un sitio donde quedarse. No tendremos grandes lujos ni seremos los favoritos pero al menos que corra el aire. Y si hay tareas duras que afrontar, hagámoslo como quien cose y canta. La historia reciente del Real Oviedo ha descartado de por vida el tópico injusto e irreal de que éramos un equipo señorito y de señoritos. En el fútbol no hay más nobleza que jugar con generosidad. Garrincha, el célebre extremo brasileño, era en teoría, por sus características, la persona menos dotada para ser deportista. Hasta un psicólogo de la selección brasileña dijo de él que era "un débil mental no apto para desenvolverse en un juego colectivo". Sin embargo, Garrincha es recordado con cariño por la afición con el sobrenombre de "La alegría del pueblo".
Que a la hora de jugar los partidos el Oviedo pensemos todos en Garrincha.



                 Fernando Menéndez

miércoles, 30 de agosto de 2017

De cabeza: La primera cita (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


La primera cita


Nadie piensa que le va a ir mal en su primera cita o en su primera entrevista de trabajo. Aunque sepamos que las cosas pueden no funcionar. No se da el primer paso para caerse de bruces. Dice mi señora madre que tan de tontos es creer que todo va ir bien como lo contrario. Algo de ese relativismo vital le vendría de perlas al aficionado oviedista, pues el domingo pasado, volver para casa en el autobús urbano después del partido contra el Rayo era lo más parecido a ser un profeta que quiere ser escuchado en la Torre de Babel. Un caos perfectamente organizado hacia el pesimismo. Ya se ha dicho mil veces que el fútbol no entiende de términos medios, pero no hay relación que dure sin ser paciente con los errores ajenos. Puedo entender el berrinche, durante julio y parte de agosto, y más desde que supimos la elección de Anquela como entrenador, se instaló en la hinchada un ánimo exaltado, como de ganas de bodorrio. No me gusta ser aguafiestas, así que a cada expresión festiva que me encontraba, yo asentía dispuesto a participar de la juerga preventiva. ¿Qué afición no piensa en verano que sí, que esta temporada será la definitiva, la del éxito? Pero el fútbol, con su suelo inestable y su atmósfera cambiante, da tantas garantías de realidad como los perfiles idealizados de una página de contactos.
Si llevásemos diez jornadas de liga con una trayectoria del Oviedo, vamos a decir que aceptable, nos visitase el Rayo y nos ganase 2 / 3 con las circunstancias exactas al primer partido, nuestro umbral de comprensión sería mayor. Achacaríamos el tropiezo a fallos puntuales y a lances del juego. La diferencia estriba en el calendario: agosto no es octubre. Nos pusimos de bonitos y no nos dejaron probar la tarta nupcial.
Que la defensa flojeó: es evidente. Para qué solemnizar lo obvio. Que se precisa un delantero: de acuerdo, el campeonato es largo, a Toché y a Linares pueden pesarle las horas de vuelo.
No estoy dispuesto a obsesionarme con el último párrafo de una historia si apenas he leído la primera página. Tampoco voy a arrancarla porque no esté del todo bien escrita. Aún es verano y siempre he visto dicha estación, más como un borrador de lo venidero que como el final de lo pasado. Yo salí contento del Tartiere a pesar de perder. Así de iluso soy. Que si estoy disculpando los fallos... Por favor, si es una primera cita.



                     Fernando Menéndez

martes, 27 de junio de 2017

De cabeza: Lo absoluto y lo relativo (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


Lo absoluto y lo relativo


El fútbol es un ámbito de absolutos. No entiende de términos medios. Lo que ayer era éxtasis hoy es tormento y al contrario. Siempre se encontró a gusto dando bandazos, demasiado pendiente de la exageración y de la euforia, olvidando el camino de sombras que media entre ambos lugares. Una sociedad como la actual sirve de excusa perfecta, pues el afán por exacerbar identidades, la urgencia por ser algo o de algo subraya esa pasión por lo absoluto. Yo, según cumplo años, soy cada vez más partidario de relativizar las cosas. En parte porque lo relativo es siempre con respecto a otra circunstancia. Se establece siempre en términos comparativos. Lo absoluto, sin embargo, es el todo o la nada. Lo relativo se vincula con la realidad. Lo absoluto a una ficción delirante. Pensaba en todo esto mientras veía el sábado pasado el partido más triste del mundo. La tristeza y la melancolía poblaban mi cabeza al ver al Oviedo lograr su victoria más estéril. Y qué triste marcar goles que no dejen una estela de entusiasmo. Y qué triste el pitido final que sonó para los dos equipos como la conclusión de un recreo. En un guión propio de la ciencia-ficción me imaginaba al Elche y al Real Oviedo jugando un partido eterno que pospusiera el desenlace definitivo.
Tuve que escuchar al narrador de la retransmisión televisiva para recuperar mi relativo optimismo, mi relativo vaso medio lleno. Vivimos tan inmersos en nuestras pasiones que no escuchamos (ni queremos) los análisis de a quienes ni les va ni les viene nada en esta feria: calificaba el locutor el campeonato del Oviedo como bueno, teniendo en cuenta que en las dos temporadas que lleva en Segunda División ha estado a punto de jugar la promoción de ascenso. Cierto que su afirmación carece de una letra pequeña que desconoce, pero el agravio comparativo a nuestro favor se refuerza cuando enfrente estaba el Elche, un equipo que hace nada jugaba en Primera División y comenzará la Temporada 2017 / 2018 en Segunda B.
Me dirán que todo esto es un flaco consuelo y no les quitaré la razón. Sucede que cuando me dejé llevar por lo absoluto me costó meses recuperarme de la resaca. Mi cuerpo y mi mente ya no están preparadas (si es que alguna vez lo estuvieron) para pasar de un extremo a otro sin que no me acose la mala conciencia.
El pasado verano, en una entrevista para este periódico, Fernando Hierro aseguraba que prefería una plantilla corta y tirar de los chavales de la cantera: qué fácil es mantener lo absoluto en un mero discurso. Después de prácticamente toda la temporada con el primer equipo, el canterano Héctor Nespral sólo se mereció una pizca de minutos en el Martínez Valero. Y a Emilio Morilla, capitán del Vetusta, tras doce años en el Oviedo, ha sido "invitado" a dejar el club. Qué poco se valora en nuestro equipo la lealtad, la discreción  y la elegancia.


                            Fernando Menéndez



lunes, 26 de junio de 2017

De cabeza: Lo absoluto y lo relativo (originariamente en La Nueva España)

De cabeza: La respuesta está en el viento (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


La respuesta está en el viento


A efectos prácticos, la penúltima jornada de la liga fue igual que la primera: la respuesta sigue en el viento. A efectos anímicos, por supuesto que no. La grada del Tartiere se expresó como los rebeldes de Espartaco: al unísono y bajo el signo de la discrepancia. Cada uno diciendo lo que quiere y haciendo lo que puede. Por lo que a mí respecta, como el personaje que interpreta Tony Curtis en el film de Kubrick, podré escribir algunos versos de vez en cuando y encadenar unas pocas frases subordinadas.
El Oviedo pende de un milagro y el alma oviedista se escinde entre la fantasía y el híperrealismo. Pero es muy tarde ya para andar decidiendo qué género nos conviene. Si fuese el agente Cooper de "Twin Peaks" encendería la grabadora para confesarle mis impresiones y dejar constancia de lo que pasa a mi alrededor. Porque lo escrito no se lo llevará el viento pero cada vez tiene más dificultades para abrirse paso.
Ruedan las especulaciones y ruedan los nombres. Llegas al estadio como quien llega a un examen de reválida: notas al rendimiento de cada jugador. Bajas y altas. Candidatos al banquillo... Se dice que el fútbol no tiene memoria y en buena parte es cierto, pues la memoria es una inquilina incómoda que siempre tiene algo que decir y reclamar. Dijo Saúl Berjón que tampoco conviene olvidar de dónde venimos, que hace nada estábamos en Segunda B. Es una afirmación con la que es fácil estar de acuerdo pero dicha ahora suena a mero apaga fuegos. Hubiese tenido más valor al comienzo del campeonato.
Equipos históricos como Mallorca o Elche caen al pozo y en nuestro caso, solo dos temporadas y ya hemos merodeado por los puestos de privilegio. Sin embargo, vivir es pedir más.
No vengo yo a justificar ni a disculpar a nadie. Somos lo que somos por las decisiones que hemos tomado. Entre las cosas que echo de menos están la humildad y la paciencia. Dos valores, por cierto, que cotizan a la baja. Ya se ha dicho aquí en más ocasiones: la historia no gana partidos. De lo ocurrido el domingo pasado, lo mejor fue una pequeña justicia de relativa importancia: que fuera Christian Fernández el autor del gol de la victoria después de los gazapos del encuentro contra el Córdoba pone, de alguna manera, ciertas cosas en su sitio. No me parece que sea el lateral izquierdo el más indicado para recibir críticas y reproches. Aunque no sé si posee el suficiente carácter, ya que medir esa circunstancia no parece fácil. Decía Pacho Maturana que cada uno juega como es. Tal vez haya que empezar por ahí. Fernando Hierro lo tiene muy claro. Yo debo de ser muy ingenuo pues siempre creí que esa era una de las tareas de un técnico: inyectar carácter donde fuera necesario. Lo cierto es que siendo jugador del Madrid iba sobrado de personalidad. En fin.
No esperen de mí un ataque de ira. Tampoco una confortable complacencia. Espartaco incitaba a la rebelión pero sin renunciar al diálogo. La palabra antes que la fuerza. Por ese orden.


              Fernando Menéndez

martes, 13 de junio de 2017

De cabeza: Il Capitano (originariamente en La Nueva España)

DE CABEZA


Il Capitano


El domingo pasado vi a Francesco Totti decir adiós después de veinticinco años en la Roma. No le faltaron ofertas de los mejores clubes del mundo. Pero Roma es su ciudad. La Roma, su equipo. El domingo pasado vi una excepcional armonía en las gradas del estadio olímpico: tantos aficionados llorando al unísono al despedirse de su capitán que parecía una coreografía dirigida por la emoción. Totti debutó en el primer equipo de la Roma un mes de marzo de 1993. Por aquel entonces, el Real Oviedo jugaba en Primera División y en su plantilla figuraban futbolistas como Jerkan, Carlos, Rivas, Jokanović...
El domingo pasado pasado los romanos debían ganar al Genoa si querían asegurarse  el pase directo a la Liga de Campeones y lo lograron. Spalletti, el entrenador romanista, prometió que Totti jugaría minutos importantes y lo cumplió. Después me puse a ver el partido del Oviedo en Córdoba  y fue como viajar de Xanadú hasta la oscuridad más abisal. Hay muchas maneras de decir adiós y todas están determinadas por lo que se deja atrás: por algo la de Totti es tan noble y la del Real Oviedo tan bochornosa. Si no fuera por el disgusto, diría que los jugadores azules quisieron homenajear al clásico género del "slapstick": esa comedia que recurre a bromas exageradas de humor físico para definir una producción dramática con argumento sencillo. Aunque por el estadio de El Arcángel no flotó la tierna torpeza de los Keaton, Chaplin o Lloyd. De la definición canónica del género, lo que quedó sobre el césped cordobés fue la producción dramática y el argumento sencillo. Tan sencillo de comprender como que no se puede llegar a ningún lado si en realidad no lo deseas. Hasta el domingo, quería creer que el fútbol podía ser un deporte de errores no forzados, menos aún premeditados. Ahora ya no puedo pensar lo mismo. Y no es que fuera un ingenuo, es que me niego a dar el brazo a torcer ante la cofradía de los conspiranoicos y del "qué más da".
Lo último que debe hacer un equipo de fútbol es avergonzar a su afición. Y perdón por la gravedad pues sigo pensando que esto sólo es un juego, pero también se juega por alcanzar la alegría y una temporada más nos la han vuelto a arrebatar después de meses con la miel en los labios: a eso se le llama crueldad. A Fernando Hierro no le gusta que se compare esta temporada con la anterior pero es mayo y estamos en las mismas.
Francesco Totti cuelga las botas: talento, orgullo, valor y garra. Hasta siempre y gracias, "capitano". Este abnegado oviedista te saluda.


                  Fernando Menéndez